Año 9 • Tinta Fresca No. 165 • Del 1 al 15 de Febrero de 2012
- Don Antonio, el hombre de las máscaras de Parachico, se retira a los 60 años de trabajo -
Manos que tallan vida
“La figura está ahí, nomás hay que rascarle”
Georgina Cortez
Con unos lentes de grueso aumento, ropa sencilla, manos pintadas y un taller que ocupa la mitad de su casa, don Antonio López Hernández demuestra la pasión por su trabajo.
Es el tallador más famoso de las máscaras de Parachico y, como desde hace 60 años, sigue en el oficio que lo catapultó como un gran artista.
Tinta Fresca le moldea la historia de este Miguel Ángel de Chiapa de Corzo.
Nace un artista
Con mucha precisión, Don Antonio recuerda que el 13 de junio de 1935 en la ciudad de Chiapa de Corzo, sobre la avenida Capitán Vicente López, quizá en la tarde y bajo un torrencial de agua, su mamá comenzó con los dolores de parto.
El asunto se complicó al taparse el desagüe e inundarse la casa, así que la partera buscó la manera de acomodar a la señora encima de unos ladrillos para que el futuro artista pudiera nacer.
Él sólo cursó hasta el segundo año de primaria, “no con buenas calificaciones, puro seis”, confiesa con una sonrisa; aunque él aprendió a leer solito gracias a su pasión por las revistas de aventuras.
Mientras se refresca con su pozol, cuenta que desde pequeño tuvo varios oficios: mozo, cargador de leña, bolero, peón, vendedor de periódicos, entre otros.
De joven gustaba de ir al cine, leer periódicos e historias de aventuras y dibujar; recuerda que bajo la luz del quinqué copiaba diseños de las revistas, y un día su papá le preguntó si le gustaría aprender a hacer “santos”.
Sorprendido pero contento, asintió; y lo que iba a ser una “estancia” de un año, se alargó a ocho.
El 22 de febrero de 1952, con apenas 17 años de edad, se presentó en el taller del maestro Miguel Vargas Jiménez.
Las clases eran por las tardes pero sólo pudo pagar tres meses, así que para poder seguir aprendiendo se quedó como ayudante de tiempo completo.
Sin secretos
Su maestro se interesó en enseñarle a pintar y aunque se ha destacado por elaborar las máscaras de los Parachicos, lo primero que aprendió a tallar fueron los santos.
En 1960 se independiza y pone un taller en su casa; como ya era conocido, empezó a ganar clientes, su primer trabajo fue pintar un San Juan y una Santa Ifigenia.
Don Antonio soñaba con que las instituciones culturales se fijaran en él para dar clases, pero “se tardaron”; gracias a que, en 1974, sacó el primer lugar en la hechura de una máscara del Patrón pudo empezar a enseñar.
En 37 años de maestro, sólo ha tenido poco más de 20 alumnos, con los cuales ha compartido todas sus técnicas, “conmigo no hay secretos”.
Siempre ha rentado, pero en su humilde taller (una casa típica de Chiapa de Corzo) se puede observar lo que es su vida: la madera.
Tiene algunas mesas de trabajo, sillas para los visitantes, pinturas, periódicos, pinceles, máscaras, santos, madera y otras cosas que le ayudan en su trabajo.
Don Antonio es sencillo en la forma de vestir: playera, pantalón, huaraches y su inseparable morral, el cual lleva cuando va de paseo y guarda sus cosas personales.
—¿Qué siente cuando talla la madera?
—Vida. Aunque uno no gane dinero, la cosa es sentir el trabajo porque así se disfruta, no cansa.
Humilde como es, nunca ha caído en la tentación del dinero; sin embargo confiesa que tuvo la oportunidad de hacerse rico cuando lo contactaron de una tienda en Nueva York para hacer las máscaras “en serie”.
Pero declinó la propuesta porque si sólo trabajaba para una persona quedaría mal con su gente, la que lo ha motivado en su trabajo.
Hora de retirarse
Este 22 de febrero cumple 60 años de tallar madera, pero para don Antonio ha llegado la hora de retirarse.
No está aburrido ni cansado, pero ya le llegó el momento, aunque lo irá haciendo poco a poco.
Ya no tallará más santos, sólo los que tiene pendientes y los que le dejará a su familia; las máscaras sólo las hará por encargo.
Tiene pensado hacer un “Tratado sobre la máscara del Parachico”, ya que gracias a ésta fue que se dio a conocer.
—¿Tiene alguna técnica para las máscaras?
—No. La figura está ahí, nomás hay que rascarle.
Eso sí, augura: “Moriré pegado a la madera”.
Y es que con sus manos ha logrado plasmar una calidad inigualable, ganando numerosos premios y el reconocimiento nacional e internacional.
Así, vestido con ropa sencilla, manos pintadas, lentes de aumento y un taller que ocupa la mitad de su casa, don Antonio López Hernández demuestra la pasión por su trabajo.