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La indigente Lulú y su “casa”, a unos metros de Palacio de Gobierno
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Darissa Castellanos
Su cabello plateado y las arrugas en su piel denotan a una mujer con más de 70 años, aunque ella asegura estar en la plenitud de los 15.
En sus manos porta los únicos objetos de valor, económicos para algunos; para ella, los recuerdos de una vida: en la izquierda dos anillos en un mismo dedo y en la otra mano presume los cuatro que cubre cada dedo excepto el pulgar (dos de ellos indudablemente son de oro).
“Lulú” vive en un espacio de no más de tres metros cuadrados, sobre la banqueta de la Avenida Central y Primera Oriente, donde es imposible acostarse pero eso a ella no le importa y ahí es feliz.
ESPEJISMO de la modernidad. Lourdes Candelaria, una inquilina singular de Tuxtla Gutiérrez, mira un aparador. Foto: Darissa Castellanos
Al caer el sol
Los rayos del sol comienzan a perder su intensidad, los transeúntes que vienen y van ignoran su vida; en cambio Lourdes Candelaria sólo necesita un par de minutos y una mirada para entablar conversación y no sentirse sola.
—¿Tiene familia?
—Sí, pero la señora Carmela tiene a mi hija, chiquita como yo.
—¿La ve seguido?
—Sí, sólo paso a verla y saludarla, pero ella no se acuerda de mí.
Su sonrisa y forma de hablar cautiva a cualquiera que se tome el tiempo en cruzar palabras con ella; aunque Lulú no coordina bien sus comentarios y son notorias sus lagunas mentales, sí responde perfecta y coherentemente a cualquier pregunta.
De caminante errante a arquitecto
Son las 4:30 de la tarde, Lulú deja de ser la tierna quinceañera y se convierte en arquitecto-albañil.
Llega, se detiene a observar sus pertenencias y comienza a desamarrar los siete listones que hacen nudo a las rejas y cartones.
Educadamente, espera a que deje de circular los transeúntes que a su paso entorpecen su área para poder parar las rejas.
—¿Éste es su hogar?
—No, voy a pedir posada con la doctora del DIF; aquí sólo guardo mis cositas.
—¿Ahí come y se baña usted?
—Cuando se puede; es difícil encontrar un lugar dónde bañarme, pero no piense usted que soy pobre.
Ella lo niega, pero encargados de negocios aledaños aseguran que esas paredes formadas por cartón y rejas son su único hogar.
Óscar León, trabajador de la tienda Oxxo testifica: “Duerme allí y llega siempre a la misma hora para armar su casa”.
Tercia otro trabajador de telefonía, quien se reserva el nombre: “A las 8:00 de la mañana cuando abrimos, ella ya no está y sus cosas están levantadas”.
“De compras”
A paso lento, antes de comenzar a ordenar su hogar, la tierna Lulú entra y sale de las tiendas cercanas. Algo dice, pero no le entienden. Su baja e ilegible voz no es entendible para los demás, pero no le interesa, le basta con pensar que es escuchada.
Con el dinero que ha juntado, entra al Oxxo que se encuentra a unos cuantos pasos de su morada y compra una bolsa de papas Sabritas.
Después se dirige a los puestos de tacos que se encuentran a un lado de Palacio de Gobierno y compra dos bolsas de agua fresca: una de sabor jamaica y otra de horchata.
Ahora sí, aunque con el rostro agachado pero no por ello entristecedor, Lulú se dirige nuevamente a su refugio, esta vez, a descansar.
La quinceañera va a dormir para, al día siguiente, volver a deambular con sus cabellos de plata por alguna parte de Tuxtla.
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