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Por Darissa Castellanos
A los Conejos los traen bien checaditos desde su cueva.
Desde su partida (cinco de la mañana) hasta que entregan el transporte (11 de la noche), las 71 unidades tanto de la Ruta Uno como de la Ruta Dos, son monitoreados vía satélite.
En las oficinas centrales del transporte urbano existe el área de monitoreo, cuyo objetivo es desglosar la perfecta ubicación y velocidad de cada unidad. Una de las principales molestias del usuario es la baja velocidad del transporte, pero detrás de la misma hay una planeación que permite evitar accidentes. Los choferes tienen permitido dos límites de velocidad: 40 kilómetros para la zona centro y 60 kilómetros para las orillas (de Trabajo Social al boulevard Juan Pablo Segundo).
Todo es monitoreado: velocidad, paradas, pago de tarifa, actitud del chofer…
Si rebasan la velocidad permitida aparece en la pantalla de monitoreo, sobre la unidad correspondiente, un ícono en forma de avión; en éste momento el operador de monitoreo advierte a través de radio que la velocidad tiene que ser reducida. Incluso, hasta para cubrir sus necesidades fisiológicas, los choferes tienen que avisar a la guarida; “base, base, voy a pasar al baño”, se oye en el radio al operador de la unidad 028. Las paradas “continuas” no existen para el Conejobus, que deben ser cada tres cuadras; en caso de pararse en una equivocada, se les llama nuevamente la atención. De volverse a repetir el caso, tanto de velocidades rebasadas como de cualquier otro incidente no permitido, los choferes reciben una llamada de atención; tres implican un reporte, mismo que si se triplica conlleva a la suspensión definitiva del operador.
Cuentas claras y madriguera
En el área de monitoreo también se lleva el registro exacto de las personas que ascienden y descienden del camión, información que es enviada vía satelital por unos sensores ubicados al abordar y descender del mismo. Cuando una persona pasa más de tres minutos obstruyendo el láser, el sensor envía una señal a la pantalla indicando la obstrucción. Es importante avisar a los choferes, pues de ese sensor depende que entreguen una cuenta clara y no apliquen descuentos de sueldo por falta de dinero. Después de una larga y repetitiva trayectoria, los autobuses son trasladados al patio de maniobras, improvisado por ahora en el estacionamiento de la Feria Chiapas. De manera ordenada, a las 10:30 de la noche y de dos en dos, los conejos son “alimentados” de diesel y biodiesel. Su primera parada es en la gasolinera de Juan Crispín, combustible que equivale al 80 por ciento de su capacidad, mientras que en el patio de maniobras un carro especial espera para complementar con biodiesel natural, el restante 20 por ciento. Cada unidad gasta entre 60 y 80 litros por día, por lo que en su totalidad toda la camada de los Conejobus utiliza aproximadamente cuatro mil litros diarios. Finalmente, uno por uno se acomodan verticalmente de manera que en el mismo orden en que llegaron por la noche, saldrán al día siguiente, a las cuatro y media de la mañana.
Un hijo del Conejo
La tarde es calurosa, se aproxima el cambio de turno para los hijos del Conejobus; faltan 10 minutos pero él ya está ahí. Espera su unidad ansioso, saluda a todos sus compañeros y en punto de la 1:30 de la tarde se dispone a partir. Su nombre es Sandro Schlottfeldt y a pesar del calor sofocante que su frente sudorosa refleja no se nota agotado sino lo contrario: entusiasmado por cumplir su labor y atender al usuario.
—¿Cómo le hace la base de oficina para enterarse de todo?
—Es como nuestra mamá, le tenemos que decir todo: si no nos quieren pagar o se ponen muy ofensivos, si nos atrasamos por el tráfico; decimos todo.
—¿Has tenido algún incidente con el usuario?
—No, gracias a Dios ninguno.
Sandro no sabe lo que le espera en su recorrido, pero está consciente y preparado para tolerar todo insulto de la gente.
—¿Qué es lo más difícil?
—Aguantar a la gente que te insulta sin saber lo que es ser chofer, no comprenden que recibimos órdenes y las tenemos que cumplir.
—¿Qué haces con la gente que te insulta?
—Trato de explicarle, y si no, le tengo que dar por su lado.
Y es que los choferes, en ocasiones y dependiendo de la demanda, tienen órdenes estrictas de no levantar pasajes hasta llegar al lugar con más requerimiento.
“A veces la gente se molesta que no la levantamos aunque vayamos vacíos, pero deben entender que se debe apoyar a los lugares con más demanda y si los levanto, cuando llegue al lugar no tendré espacio y habrá más personas insatisfechas”, explica. El no tener que entregar una cuenta exigida a diario y en vez de eso recibir un sueldo de cinco mil pesos al mes, reconforta al ex combiero. Sandro es un hijo más del Conejobus, uno de los 98 que, en dos turnos, tienen en su volante la vida de 34 mil tuxtlecos que se transportan a diario, en ida y vuelta.
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